lunes, 25 de junio de 2007

Un par de ojitos negros, cielito lindo.

Esta mañana, mientras batallábamos con la fuerte cualidad adhesiva de las sábanas, recibimos una llamada de nuestro casero, Mr. Rosendo Schwartz para acompañarle a una “consultación en un Centro de Visión”. Para nuestros lectores menos leidos, hay que aclarar un poco el esquema de la medicina ocular. La mayoría de ustedes acude a que periódicamente les cambien la receta y luego se van a Devlyn a escoger un marco que por lo menos diga CK, aunque sea piratón. Los más afortunados, irán a León a que les hagan la cirugía con rayo láser, pero la gente del primer mundo primero que nada acude a un Centro de Visión, donde averiguan si son candidatos a recibir algún “procedimiento”. Al parecer, el Doctor éste es bastante bueno, porque el consultorio está en Beverly Hills, bastante lejecitos de donde nos tocó vivir a nosotros en la ciudad de los diablos, como el día no daba para más y no se trataba de echarse todo el día viendo Dharma y Greg otra vez, decidimos acompañar a Mr. Schwartz.

Al principio nos daba un poco de miedo volver a las manicuradas colinas (sin albur), sobretodo porque no fuera que nos recordaran y tuviéramos que ser escoltados por la güera del otro día, día, día hasta las afueras del vecindario, Mr. Schwartz encontró muy divertida nuestra preocupación, nosotros por si las dudas llevábamos los tenis de atletismo. Pero el casero aseguró que no había fijón, después de todo, teníamos cita.

Y déjenos que les contemos, bienamados lectores, lo que es tener una razón para estar en ese vecindario, y sobre todo una cita. No es lo mismo venir abriendo el hocico por tres cuadras y poner a toda la caucásica población (y el departamento de Homeland Security) en alerta, que ir a la dirección indicada en el edificio indicado. En los países desarrollados es muy difícil perderse, porque todos los números, calles, vueltas, esquinas y hasta misceláneas están señaladas como si estuviera diseñado por Plaza Sésamo. Qué diferencia de andar en Tacubaya dando vueltas a las tantas de la mañana porque de repente Fray Servando se convirtió en Bucareli… o viceversa, o las dos al mismo tiempo y nunca vimos que el número 118 B está antes del 116, pero después del 200.

http://www.boxerwachler.com/

Desde el momento en que cruzamos la puerta del edificio y el aire acondicionado nos dio el golpe, nos dimos cuenta que ya no estábamos en Kansas... o en Tacubaya. En una recepción del tamaño de una cancha de básquetbol, la güera nos miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Nos acercamos con desconfianza (¡es una trampa, Batman!) pero pronto nos dimos cuenta que a pesar del trajecito sastre y los folículos oxigenados, se trataba de una güera completamente distinta, lo que nos hace pensar que en la misma cuadra de Rodeo Drive debe haber un laboratorio de clonación de recepcionistas.

Tomamos asiento a petición de la güera, que nos aseguró que el Doctor estaría con nosotros en minutos. Había en una barra de la sala de espera con una computadora y un teléfono. Pensamos que se trataba como de la estación de trabajo de otra güera que ayudaba a la primera, pero no. La recepcionista (para ya no decirle güera) nos indicó que si queríamos utilizar su internet o teléfono, no dudáramos en hacerlo. Nosotros sí dudamos en hacerlo, porque aunque teníamos que comunicarnos a la Redacción para que le apagaran la lumbre al arroz, todos los pacientes estaban utilizando sus celulares y la neta esta vez sí estábamos decididos a no lucir nuestro subdesarrollo.

Pero ya estaba de dios, porque ahora la recepcionista llegó con una canastita repleta de panquecitos caseros, snackbars, que suena como a un platillo árabe, pero son barritas tipo Nutrigrain. Nos ofreció también botellitas de agua y cafecito pa’ la desmañanada. A nosotros nos dio ternura la condenada, porque supusimos que pos la botana era para “ayudarse” como les sucede a tantas secres connacionales que no les queda de otra más que vender quesadillas a la clientela, verdá? Encontramos unas barritas que estaban idénticas a las Marinela y pues como que hasta nos dio un antojo nostálgico. Le preguntamos que de a cuanto y resultó que todo lo que quisiéramos comer corría por cuenta de la oficina. Como para variar no nos había alcanzado más que para un yugur en la gasolinera, tomamos un panquecito, unas bolitas de chocolate, una barra de avena y las que parecían barritas, por no dejar.

Las barritas resultaron ser libres de grasa, y aparte rellenas higo, así que sabían como a corcho con mermelada de mastique. Discretamente las tiramos en una maceta y decidimos salir de la oficina, pero en ese momento, la recepcionista nos trajo un reproductor de DVD portátil con lo que llamó un “video educativo” que no era otra cosa que un comercialote como de media hora donde incluía todas las apariciones del doctor en el noticiero, de sus revolucionarios métodos, de su devoción a la profesión médica y sobretodo muchas tomas de cómo se hace el procedimiento de la cirugía Lasik, que parecía es básicamente abrir el ojo y caerle a rayos láser. Parecía aquello la escena de Star Wars donde destruyen la Estrella de la Muerte. Era como una versión Hi-Tec de cuando se sube uno a un Primera Plus y te tienes que chutar los comerciales de la compañía antes de que pongan la película.

Eventualmente la secre (para ya no decirle recepcionista) indicó al casero que era hora de entrar a ver al doctor. Nosotros nos quedamos en la oficina un ratillo sin saber si pedirle más comida a la secre o esperar a que nos ofreciera. Afortunadamente ella vio el hambre en nuestros ojos, ya que nos acercó un tazón de cristal que estaba relleno también de ojos. Bueno, me refiero a chocolates redonditos que tienen forma de ojitos con todo y las venas incluidas. El relleno, a diferencia de lo que uno pudiera pensar no es de licor de cereza, sino de crema de cacahuate o bien de crema de chocolate. Caray, no cabe duda que estos oculistas gringos piensan en todo.

Una vez que nuestro anfitrión hubo salido de su consulta, nos contó que el diagnóstico de la consulta indicaba que era buen candidato para un “procedimiento”. Le preguntamos cuánto había pagado por la consulta, pero resulta que era gratuita, al igual que los chocolates, el café y las barritas de higo, lo único era que la cirugía sí había que dejarla completa, porque cuesta 6,000 dólares.

Después de este comentario, pensamos en mejor ir y devolverle los chocolates que todavía llevábamos en la bolsa a ver en cuánto le dejaba la operación a nuestro benévolo casero, pero Mr. Schwartz nos aseguró que lo importante era saber si era uno buen candidato. Nos dieron ganas de consultarnos nosotros también, pero como nunca hemos visto 6,000 dólares juntos, creo que ya sabemos cuál va a ser el diagnóstico, total, mejor rentamos el Perro Andaluz y salimos ganando.

2 comentarios:

Picapiedra dijo...

Benditas ópticas Devlyn. Claro, seguramente serás buen candidato para un "procedimiento", pero el "procedimiento" seguramente no te costará 6,000 dólares.

Anónimo dijo...

Pero cuánto estarías dispuest@ a pagar por ya no tener que usar lentes. A lo mejor la verdadera pregunta es si se puede poner precio a un ojo. O sea, a cuántos dólares equivale cuando algo literalmente cuesta un ojo de la cara.